Una de las
cosas más emocionantes que tiene el periodismo escrito es participar en la
realización de una edición extraordinaria.
Lo es porque, como en ningún otro caso, hay muy poco tiempo para hacer todo: buscar la información, escribirla, diseñar, imprimir y distribuir el periódico o la revista en las calles.
Lo es porque, como en ningún otro caso, hay muy poco tiempo para hacer todo: buscar la información, escribirla, diseñar, imprimir y distribuir el periódico o la revista en las calles.
Ahí se
requiere que todo el equipo periodístico funcione perfecto, con la precisión de
un reloj suizo, y que se tenga pleno control de la explosión de adrenalina que
genera la noticia que se cubre, tal y como ocurre cuando se practica un deporte
extremo.
Hace 20
años, minutos después de las 6 p.m. del 2 de diciembre de 1993, circuló en el
centro de Medellín y en otros sitios estratégicos de la ciudad la edición extra
de El Colombiano que informaba sobre
la muerte de Pablo Escobar Gaviria, quien fue abatido por el Bloque de Búsqueda
de la Policía Nacional en una casa del sector de La América, en el occidente de
esta capital.
El periódico pudo salir tan rápido
porque el 70 % del material que contenía esta edición especial ya estaba listo:
la intensa cacería que habían desatado las autoridades contra el capo de la
droga y el terrorismo solo podía terminar con su captura o muerte, y mucha
información sobre el personaje podía estar lista.
El excelente equipo que hacía parte en
ese momento de la sección Antioquia, el
área que tenía a cargo la información local, regional y judicial de El Colombiano, tenía todo preparado
desde hacía meses y su capacidad de reacción fue impecable; como la de buena
parte de los medios de Medellín, que habían aprendido a trabajar bajo máxima
presión a punta de estar cubriendo sobresaltos y tragedias.
Aquella jornada, muchos periodistas
estuvieron trabajando hasta la madrugada y algunos otros, principalmente los de
las principales cadenas radiales –Caracol, RCN y Todelar– tuvieron una jornada
cercana a las 30 horas.
Aquella tarde de la muerte de Escobar yo
estaba preparando unas notas educativas para El Colombiano, pues me habían asignado aquella fuente “suave” como premio
después de haber prestado mi “servicio militar” en la redacción de ese
periódico entre agosto de 1989 y mediados de 1993 en la sección de Seguridad, es
decir, cubriendo los cientos de hechos de violencia que pasaron en los años más
nefastos y aciagos de esta ciudad.
Aun sin ser el responsable directo de cubrir
esa muerte, me fui en el primer carro que salió con los periodistas y
fotógrafos para el sitio de los hechos: el ciclo había que cerrarlo, tenía que
hacer parte del cubrimiento del operativo que dio fin al jefe del Cartel de
Medellín.
Cama de Pablo Escobar en la residencia donde fue muerto por la Policía. / Foto El Colombiano |
Ya había pasado un fuerte aguacero e
ingresamos cuando terminaron las inspecciones judiciales y la revisión palmo a
palmo de la residencia. En el lugar no había nada raro, salvo la sensación que da ver de manera directa los lugares donde ocurre la historia.
De la última cama donde durmió Escobar
recogí una moneda de 10 pesos que dejó tirada cuando emprendió la fuga y la
Policía lo abatió en el tejado vecino. Esa moneda la guardo aún, junto a una
carta original del narcotraficante que lleva su firma y huella dactilar, como
únicos recuerdos materiales del temido hombre, quien marcó no solo al país, sino también mi
vida como periodista judicial en la Medellín más violenta que hemos tenido.
Comentarios